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No malgastes tu vida intentando ser la marca de otra persona

A pesar de su corta vida, George Gershwin ha dejado una profunda huella en la historia de la música popular estadounidense. Aún hoy, su música es un referente para multitud de artistas y no ha faltado en los repertorios de muchas de las estrellas de la música desde principios del siglo pasado hasta la actualidad.

Jacob Gershovitz nació en Brooklyn dentro de una familia de inmigrantes rusos. Desde muy joven, se esforzó en aprender a tocar el piano, por lo que su padre, a pesar de la delicada situación económica de la familia, procuró que pudiese estudiar con un profesor.

Pronto comenzaría a componer sus primeras canciones, que tuvieron cierto éxito y le permitieron escribir su primer y exitoso musical para Broadway: “La, la Lucille”. Después compondría más musicales, repitiendo éxito, así como otras piezas más clásicas, destinadas a las salas de conciertos.

A pesar de sus éxitos, Gershwin sabía que su técnica no era muy depurada, por lo que viajó a París para estudiar con los mejores profesores. Se cuenta que quiso contratar a Igor Stravinski, aunque no hay constancia de ello, y a Maurice Ravel, el compositor del célebre “Bolero”. Ravel declinó la oferta haciéndole la siguiente pregunta:

“¿Para qué quiere ser un Ravel de segunda cuando puede ser un Gershwin de primera?”

Ravel pensaba que Gershwin podría perder su espontaneidad, su estilo propio y, renunciando a enseñarle, le mostraba el camino a seguir, el de continuar trabajando en su estilo, en su valor diferencial, en aquellos rasgos que hacían su marca inconfundible.

Al comenzar a desarrollar una marca personal es normal tener referentes, pero es conveniente no pasar de ahí. La marca se construye sobre multitud de elementos personales que, combinados y presentados debidamente, nos hacen singulares. Esta combinación es única en cada persona, y es el valor diferencial que hace que sea percibida como un referente o la mejor opción para una función concreta, esa es su marca.

Hay muchos factores que intervienen en esta “fórmula” como, entre otros: cultura, experiencias, conocimientos, entorno, carácter… e influencias.

Evidentemente, los referentes nos influencian. En ello está basada nuestra educación. Filósofos, novelistas, músicos, pintores, diseñadores, líderes… Todos ellos han dejado huella en lo que cada uno somos.

Sin embargo, son sólo una parte de nuestra “fórmula secreta”; el número de “ingredientes”  y la cantidad de cada uno que aportemos será lo que nos haga únicos. Así que, parafraseando a uno de los grandes referentes de muchas marcas personales de nuestro tiempo, Steve Jobs, me atrevo a recomendar:

“No malgastes tu vida intentando ser la marca de otra persona”

En cierta manera es lo que Ravel le dijo a Gershwin, que siguió su consejo y pronto volvió a Estados Unidos. Antes de volver, compuso “Un americano en Paris”, que terminaría siendo popularizada por la película del mismo nombre en los años 50.

Después estrenaría la ópera “Porgy & Bess” que, a pesar de ser incomprendida por la crítica, se convirtió en una de sus creaciones más conocidas. Muchas de las piezas incluidas en esta partitura son grandes clásicos de la historia de la música, especialmente del jazz: “Summertime”, “I love you, Porgy” o “It ain´t necessarily so”.

Tras el fracaso de crítica de “Porgy & Bess”, Gershwin se trasladó a Hollywood para componer música para películas y fue allí donde comenzó a sufrir severos dolores de cabeza, síntoma de un tumor que provocaría su muerte pocos meses después, a los 38 años.

George Gershwin, nacido en una familia humilde, de formación autodidacta y en unos pocos años fue capaz de construir una marca cuya influencia no ha hecho más que crecer, a pesar de los 75 años transcurridos desde su muerte.

Sigue su ejemplo y el consejo de Ravel: “No seas la segunda marca de nadie, sé tu propia marca”

Para cerrar, una grabación de “I love you, Porgie” en la voz de Nina Simone, quien la tuvo en su repertorio durante décadas. Hay muchas versiones de este tema, incluso muchas versiones de la propia Simone, pero en ninguna de las que conozco hay tanta intensidad en la interpretación ni tanta complicidad entre piano y voz.

Dedicado a la memoria viva de “Peter Pan

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